domingo, 19 de febrero de 2017

Discusión interna sobre Prólogo para una guerra de Iván Repila





Mientras leía la última novela de Iván Repila, Prólogo para una guerra (Seix Barral, 2017), dos voces contradictorias en mi cabeza exponían sus pros y sus contras. Lo mismo sucedió al terminarla y al recordarla. Así que he pensado que lo mejor es mantener esas dudas tal cual se producen.






Crítico interno, 1: Lo primero que tengo que decir es que no creo que esta novela sea una especie de alegoría de la crisis europea, ni una obra sobre la inmigración.
Crítico interno, 2: Pero… el autor lo ha dicho en alguna entrevista.
1: Sí, pero hay que tener cuidado con las entrevistas, los escritores posan en ellas más que en las fotos que las acompañan.
2: De todas formas, hay un epígrafe al comienzo donde se habla de Europa. ¿Para qué iba a estar ahí, si no fuera como advertencia al lector de que debe tener presente la idea de Europa en el resto de la novela?
1: Los epígrafes no forman parte de la obra.
2: ¿Qué chorrada es esa?
1: No, querido 2, están fuera de la obra.
2: Perdona, cuando compras los libros, ¿te da el librero un post-it con los epígrafes, o van dentro del volumen?
1: Muy gracioso, pero escucha esto: cuando un artista hace el catálogo de su exposición, el texto del curador o comisario, que suele dar comienzo al catálogo, ¿es parte de la obra?
2: No son cosas comparables, 1.
1: Yo creo que sí, son textos ajenos que funcionan apenas como “paratextos”, según la definición de Genette. Dan pistas, orientan, pero considerarlos parte de la obra es ir muy allá. Hay narradores que ponen algunos epígrafes para despistar o para bromear, conocemos algún caso.
2: En todo caso, Prólogo para una guerra “parece” ir sobre Europa.
1: ¿De verdad lo crees?
2: Esa es la impresión que me ha dado.
1: Querido 2, mi semejante, mi hermano, complementario mío, los narradores tenemos un problema: creemos que nuestras novelas dicen lo que nosotros hemos imaginado que van a decir, sin darnos cuenta de que el “mundo” de la novela en nuestra cabeza es mucho más vasto que el reflejado en el texto: incluye también las ideas desechadas, los dobles sentidos, los distintos niveles de comprensión de un mismo pasaje, etcétera…
2: Dime algo que no sepa.
1: … pero el texto final no expresa todo ese mundo, sólo una parte de él, y los lectores leen otra novela distinta de la nuestra. En consecuencia, los críticos tenemos que desconfiar de lo que los autores dicen sobre sus obras, precisamente por lo antes expuesto, porque no son conscientes de lo dejado por el camino, entre la ideación y la plasmación final, perdido entre el mundo platónico de sus ideas y la novela desnuda que llega a los anaqueles y a las manos del lector.
2: Pero las entrevistas…
1: Las entrevistas las carga el diablo de lo que los autores quieren que veamos en sus obras, y por eso evito leer entrevistas sobre los libros -salvo que sean de ensayo, claro, donde lo que importan son las ideas mismas- antes de leerlos.
2: No te soporto cuando te pones intenso.
1: Por eso leí Prólogo para una guerra antes de leer las entrevistas de Repila sobre ella. Y no, no es una novela sobre Europa, ni sobre la crisis europea. Quizá Repila tenía el propósito en la cabeza, pero eso no es lo que la novela dice. La novela habla de una crisis civilizatoria que puede tener lugar en los cinco continentes. Su deslocalización, la ausencia de referencias geográficas, el lenguaje sin localismos, su condición alegórica y no referencial, permiten al lector ubicar el espacio novelístico en Bilbao y en Singapur, o, mejor dicho, en ningún lugar, en una especie de lugar utópico donde la única clave es la condición simbólica. El lector no está viendo Europa; ve, en todo caso, “la civilización industrializada -o más bien desindustrializada- occidental”. Incluso aunque en la novela hubiera alguna mención europea singularizada[1], no hay una preocupación escenográfica concreta, y de hecho lo que hay es un canto a la abstracción arquitectónica. Mira la reseña de José Ignacio González, ¿aparece Europa por algún lado? ¿Es necesario que aparezca?
2: Es cierto, hay mucho urbanismo utópico explicitado: Chandigarh, la Ciudad Espacial, esas locuras de los años 60. Eso hace abstracto al resto, lo descontextualiza históricamente, tanto cuidado para no mancharse las manos de un presente concreto la utopiza y la ucroniza. Cae en la misma distorsión espacio-temporal del utopismo que pretende denunciar.
1: Eso es lo que quería decir. Y no sé hasta qué punto esa ambigüedad, esa vaguedad geográfica e histórica, desactiva parcialmente su carga ideológica de profundidad.
2: Hum, yo tampoco, puede que tengas razón, puede que no. Porque al menos muestra el proceso de descomposición social en el que estamos inmersos -lo cual no es poco, en un espectro literario autista, incapaz desde sus autoficciones individualistas de elevarse a lo colectivo-. Pero me has hecho cavilar. Quizá por ello, y sin dejar de reconocer el valor de Prólogo para una guerra, me gustó más El niño que robó el caballo de Atila (Libros del Silencio, 2013), que comentamos de forma casi entusiástica en su momento. Lo alegórico estaba allí mejor conseguido, en un texto que parecía tener forma distópica, pero que no era tal, pues no había ubicación temporal exacta en un futuro. El tono era menos grandilocuente, más eficaz y contenido y ajustado a lo que se contaba; Repila no se pensaba entonces gran escritor y, quizá precisamente por eso, lo era. Prólogo para una guerra es a ratos más grandilocuente que grande, y eso la rebaja.
1: Esto no me lo habías dicho.
2: No me habías preguntado.
1: ¿No crees, entonces, que su estilo literario ha crecido?
2: No, creo que lo ha intensificado, que no es lo mismo. A veces es mejor, pero en varias ocasiones sólo es más ampuloso, una amplificación.
1: ¿Puedes poner ejemplos?
2: Claro, es mi trabajo. Compara lo que has leído con El niño..., p. 18:




1: No sé, a mí también me gusta el Repila nuevo. Es como nosotros, y como todos los demás: hay varias voces en él. Repila es boscoso, no único -ni falta que hace-.
2: Pero… ¿no te parece que la escena sexual de la página 38, por ejemplo, es un poco cursi?
1: Sí, lo es, pero hay otras que están bien, las páginas 208 y 209, por ejemplo.
2: Sí, ahí me puse palote.
1: ¿Palote? ¿Te parece un término plausible para formar parte de una crítica literaria?
2: Que me excité sexualmente, vamos. Que se me puso como la del Coloso de Rodas, ya que te gustan las referencias culturales.
1: Contente, número 2, hay personas mirando.
2: No digas eso, porque me pongo todavía más bruto si hay gente mirando.
1: ¿Puedes levantarte de tu penosa charca de cieno y testosterona y remontar un poco el vuelo intelectual, si es que aún te queda alguno?
2: Sí, abuelo. Decíamos que hay zonas de hojarasca estilística.
1: Bueno, eso lo decía yo.
2: Es cierto.
1: Quizá, en algún caso, en algún párrafo, tengas razón, pero queda claro que es un cambio de estilo deliberado del narrador.
2: ¿Y así debemos tomarlo?
1: ¿Qué intentas decir?
2: Que no acepto eso del cambio de estilo: si el cambio no ha funcionado, o si creemos como críticos que ha mutado a peor, deberíamos decirlo también.
1: Pero es que yo no estoy seguro de que haya empeorado. En algunas páginas se ajusta a la perfección al tema mayor de esta obra; es lógico que la mayor ambición semántica encuentre un paralelo en mayor ambición formal.
2: Pero si falla…
1: Habrá que criticarlo cuando falle, no en cualquier caso.
2: Vale, te concedo eso. Concédeme tú que esto no ha quedado bien:





1: Lo reconozco. Ahora tú lee esto:




2: Eso me parece estupendo. ¿Y por qué no lo ha hecho así todo el tiempo?
1: ¿Conoces un narrador español que sea sublime sin interrupción?
2: (Tras pensarlo un momento) No. Ni extranjero tampoco. Ni Baudelaire lo era, así que imagina.
1: Entonces, ¿por qué habría que exigírselo a Repila?
2: Vale, vale, tema zanjado. Es cierto que las novelas deben tomar aire de cuando en cuando. Pero reconóceme que en El niño que robó el caballo de Atila había menos altibajos estilísticos y formales.
1: Ningún problema al respecto.
2: Eso no quiere decir que estemos ante una novela menor, es una novela estupenda con momentos excelentes, pero de la que salimos, y bien que lo siento, algo desangelados, porque esperábamos más o, quizá mejor expresado, porque esperábamos menos: menos retórica, menos hojarasca, menos grandilocuencia, menos mano en el pecho al escribir.
1: Hay algunos momentos espectaculares (las dinámicas sociales descritas, los impresionantes sueños de los personajes, la idea genialoide del barrio-trampa, etcétera), que convierten a Prólogo para una guerra en una novela que hay que leer, sí, y que se lee con provecho y con aprendizaje de sus puntuales maestrías, sobre todo al final, pero que se recorre con cierta melancolía, como cuando uno visita la Basílica de san Pedro y admira la cúpula de Miguel Ángel con algo de distancia, añorando las bondades de la Pietà.
2: Oye, eso no ha estado mal.
1: Tengo mis momentos. ¿Un rioja?
2: Now you’re talking.



[Relación con el autor: ninguna, sólo hemos mantenido comunicación puntual referente a su obra. Le sigo en Twitter, como a otras 1.278 personas. Relación con Seix Barral: en la actualidad, ninguna.]


[1] 1: En la página 106 se indica que el barrio de la última parte de la novela se instalará en una zona cuyo origen etimológico, “lo que no se puede llenar”, no coincide con ninguno de los orígenes etimológicos aceptados para Europa.
2: Eres incapaz de hacer una reseña sin poner una nota al pie, ¿verdad?